y dejé de cantar a la mujer que yo era,
a su eterna piedra cálida,
a su espejo insaciable de vacío, y solté
la soga de mi cuello,
solo para encontrar la palabra
que en la muerte brilla como el azogue
de lunas y sombrereros,
el frío de la dura virtud de un cuchillo
derrúmbate sobre mi piel, oh infiel
enamorada,
pecado imperdonable del silencio1, que
tiene en la palabra
su espejo, su incienso, su cama.
1 de Sombra, de Leopoldo María Panero.