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Sueño de Mary Shelley

—Diodati, junio de 1816, año sin verano—

he visto en el jardín su respiración,
el horror que sustenta la vida
la fantasía, la lluvia, el miedo,
he visto la imaginación rondar los pasillos
de esta casa que llamo palacio
cubierta de trapos y papeles mojados
de manuscritos tapando heridas

he visto el cristal vencer al día
y al otro lado,
un cuerpo desnudo erigirse
supremo ser en la nada del mundo,
negro sobre un camastro blanco

Polidori perdió la partida en el espejo,
se acercó demasiado,
vio la cicatriz en la frente de dios,
y dios arrastraba los pies
errante por el jardín
como un niño huérfano

la humedad se evaporaba cálida
desde la página, desde el pellejo
del cuerpo desnudo y mojado,
repitiendo mis palabras
mi pensamiento
mi respiración,
flotando en el aire
como un tatuaje desvaído
como un fantasma avejentado

fuera,
la ciudad de la peste sigue viva,
obra del hombre, del dios-hombre-arquitecto
de todo lo banal e indiferente,
que huye de la noche como de la verdad,
oigo desde la ventana sus fuegos de artificio
y a las circunstancias jugar con las almas

¿quién escribe las reglas del juego?
¿quién dirige la mirada?
¿quién abre mi boca para que hable?
¿una cultura antigua, muerta, lejana?
¿un mascarón enterrado en la arena?
¿de dónde coge mi lengua las palabras?

hoy he visto en el jardín su respiración
suspendida en el frío,
su tosca sonrisa, alargada y sin júbilo,
sus grandes manos, sus venas,
su cuerpo calado en las telas,
su forma
sin forma

desperté sin saber el camino
y cerré los ojos
para que el monstruo saliera
y vagara por el jardín,
para que exhalara el aire de la noche
y mordiera mi vida

cortó con su aliento tinieblas
y cuando se miró en el espejo del agua,
entre las hojas del lago nos reconocimos,
¿quieres jugar conmigo?, me dijo,
no puedo abandonarte,
soy
    tú mismo