—Sobre los cadáveres de plata,
enfermos, ciegos y lamentables,
bajo la montaña, el mar y el cielo
conque me aturde la fatamorgana,
miro fijamente a lo infinito,
al vacío absoluto que niega la imagen
y, en su abismo, es
lejanamente azul
—dijo, quizá, Alejandro,
en una nube de éter, tropo de insania.
siguiendo y sintiendo el Prólogo de Rubén Darío a Iluminaciones en la sombra, de Alejandro Sawa.