a Eliane Radigue
La fiebre, intermitente,
a mis ojos concede
una víctima nocturna,
la gravedad de la guardia,
sostenida en los mil dibujos de la pared interior,
acerca esa ciudad celeste
a mi efigie derrotada, que tiembla.
Cortaré el paso a los viajeros solitarios,
solo a ellos detendré en su curso comprometido,
lentamente aislados en
el seco resplandor de un aliento
inasible.
El sereno celaje,
apenas esbozado por manchas del mismo color,
no es sino papel o espuma tersa que,
con la boca abierta,
se cuida de no ofender
los cianes del íntegro témpano de hielo.
Ese palacio, que en cuarzo espejea oscilaciones,
en que hoy aúlla la bella bestia en su mano,
ese palacio
demasiado leve para una imagen.