La piedra, la ceniza o el río,
borrones sombríos del alma,
aguardando en su materia
la dicha de la continuidad
eternamente el compás,
una palabra tras otra, quizás
solo la mirada
infinita, alada, de su vestigio
en la fotografía,
espanta y ama mis ojos
en un insomnio de hambre y
seco alcohol
inciertos fantasmas que
muerden la mano sin apretar,
en la página abierta
de lo que un día fue arbitrio,
interrogación y esfera blanca