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El conductor

—a propósito de inexorable as the thoughts of a tram driver,
de L. M. Panero, y Szofer, de Andrzej Wróblewski—

¿Por qué, si pregunto por el pensamiento
de un conductor de tranvía,
aparece el sol como respuesta
bajo el cielo de la cabina
y en el hierro de las ruedas?
¿Por qué?
¿Porque también es inexorable,
porque es la misma mirada,
o La Mirada?

Al atardecer,
las vías paralelas brillan
con el sol recostado en su acero,
y el conductor deja de pensar
y el vehículo hipnótico avanza
aplastando polillas y hombres
que mueren como el día,
extáticamente,
con los ojos húmedos abiertos al sol,
viendo la sombra acercarse,
atraídos por el fulgor del metal.

En algún momento, el sol escupió el sentido
y no dio elección al conductor
que fue, entonces, posible traductor
de aquella energía primera

Wróblewski vio la rueda, ardiente
en el horizonte anaranjado,
y vio el paisaje reducirse
a unas líneas groseras
que avanzaron hacia el sol.

Ya no pudo ver más ciudades,
andenes o catedrales,
ni gente anónima haciendo cola
esperando la nada en la silla.
Andrzej cayó al agujero
del círculo dentro del círculo
que había más allá de la frontera,
el agujero del que algún día partió,
inexorable,
en el cruel metal de los raíles del sentido,
mitad sol, mitad carne.

No, el tranvía no importa,
es el conductor quien transporta
la materia solar y cree que vive,
deslumbrado como el insecto
en el puro fulgor negro de su cuerpo.

¿Su pensamiento?
Un discurrir de fotones
que admite cualquier lectura,
por debajo del brillo de los railes,
su traducción.

Busqué en internet la frase en inglés de Panero reseñada arriba, tal cual, y la respuesta del buscador fue el sol. Admite cualquier lectura. La pintura de Wróblewski apareció, lógicamente.