No importa.
El límite apenas se opuso a
su lenta disolución en fantasmas o duelo
entre las mismas paredes,
formando casi nada más que
un inútil arrepentimiento, o una elegía:
el rostro de dios bajo un puente,
al que la palabra hace un brindis,
como una puerta entreabierta al amanecer
hace desaparecer en su brillo
el vaso de vidrio medio vacío, o lleno,
y la demanda de un necio discurso conque
atrapar esa omisión.
Créeme,
—¿o es todo uno solo y lo mismo?—
la imprecisión de la palabra, el diseminado
nombre que,
así, construye la biografía,
como el naufrago en el vaso cordial
que nunca juzgaríamos efímero
entre tanto superviviente quebrado, tantos
miedos balbucidos
emblemas de un vidrio imaginado.
siguiendo las palabras preliminares (Sobre un perfil quebrado o la flor del acónito) de José Ángel Valente a Primavera soluble, de Aníbal Núñez.