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Daimón

la soledad demoníaca de la palabra,
del grito, del suspiro,
de esa voz que se deshace en el aire
tibio de la tarde,
que no se mantiene.
su disolución es la mía,
su pérdida es mi conciencia.

ya la he pronunciado:
por allí ha de ir, aunque ya no se siente,
¿y ahora qué!
¿adónde va la música cuando acaba?
se preguntaba Ivo, el loco de la luna,
después de asomar la jeta por un hueco
de la realidad.

la soledad de la palabra es un espejo
negro,
una luna sin voz que ama los rincones
un cayuco a la deriva sin cuerda que lo ate,
lleno de almas que hablaron antes
de beber agua salada
y fundirse bajo el sol indiferente.

por eso, la voz que no se escucha,
no existe,
aunque acaso, un día de estos, el CERN
descubra lo contrario

imagino que cae
propelida sobre tu cuerpo,
como el lametazo de un perro negro
y exfolia tus células muertas
—eso me encanta—,
sería una prueba
o solo una imaginación

—por cierto,
sí, demoníaca, de daimón,
término griego para el destino individual
de carácter religioso,
e incluso,
la voz interior que escucho y obedezco,
elegida o impuesta,
según a quién preguntes—

quizá ese destino de la palabra
sea la vida
y su negación del tiempo
sea la urdimbre donde siempre está
el venado resplandor de la luna,
como un coágulo de sangre
eterno