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Encarnación del abandono

A propósito del Cristo de Goya

El Cristo crucificado de Francisco de Goya se encuentra en el límite difuso en que la carne masculina se confunde con la femenina; quiero decir, ese momento en que el sexo sucumbe a la gracia de la carne y ya no queda más que pura existencia.

Porque esta es una celebración de la carne en reposo, sin heridas ni tiempo. El placer extático de un cuerpo desnudo y pintado que no puede escapar a la mirada, que ha sido sujeto para la exhibición. Erótica trascendente, redundante, fiesta de los sentidos y luz en el centro del pecho.

...ombligo, pezón derecho...
...caderas, muslos...

En este cuerpo que flota, el aire ejerce una mínima presión, una mínima tensión solo turbada en el gemelo derecho que avanza su rodilla y en el trapo que lucha contra la gravedad: un velo de tejido que divide el cuerpo por la mitad para la revelación. Una apertura asexuada que se curva.

...la cadera izquierda...
...el roce de los muslos...

El pie derecho está clavado, adelantado respecto al izquierdo. La sangre apenas tiñe la madera bajo sus pies, en una cruz muy gruesa y casi invisible. Esa cruz que se lleva sin saber, inconsciente; sujetas las manos libres. Expuesto.

...axilas sin pelo –o quizá, un vello tan fino como el púbico de la Maja.

Un cuerpo desnudo se despereza, se estira y comienza a caminar desde la noche, en un amanecer que aún no se adivina. Ocupa un espacio que le nombra, desplazando el aire, encarnado y consciente de la belleza que le esclaviza.

¿Porqué me has abandonado?