Volver a Textos

El culo de A

El arte de la proyección y la sublimación

Sentado, con las piernas cruzadas, siento el calor enfermo de mi pene entre los muslos que lo abrazan. Con pocas yemas crece paralelo a la pierna, señalando un punto sin nombre en el vacío, ese punto al que hoy tiendo. Porque tengo entre los ojos el agujero del culo de A, y, sin cerrarlos, sueño abrirlo.

Después de muchos días y semanas y meses, nada queda del amor esclavo, de la pasión psicofísica que me tuvo encerrado en su indiferencia, del pozo helado del cuerpo huérfano. Ahora, sin ser descabellado, solo queda el cable posterior que me unía a ella, el cable que sale de sus sexos y está soldado a mi lengua que, húmeda y llena de sangre, se desquicia en su celda.

Y es que quiero escupir en el ano de A, que me lo muestra entreabierta, dubitativa, pero sin chirriar, como una puerta en la corriente suave. Apostada a cuatro patas o, para ser más sincero, dos codos y dos rodillas -así es la curva gélida de su espalda-, y mirando hacia atrás sin recordar nada.

Su piel blanca tiene el centro de oro viejo, cerrado con fuerza en un esfuerzo que dura horas. Así que escupo en el principio de su enorme raja, donde apenas es una ligera ondulación sinusoidal, casi sin amplitud. La baba resbala por su cauce natural con la ilusión del cometa que, aún sabiendo su final de extinción inapelable en el Sol, disfruta del viaje, se exhibe, hasta que el exceso de velocidad de la caída es frenado por la sequedad volcánica del esfínter.

Tengo que decir que A nota el deslizamiento de la saliva por la raja de su culo como la pluma por la espalda, una pluma que al escribir hace volar. Mi respiración se hace densa y el corazón me llama.

Es el momento en que mi dedo gordo, su yema, inicia lo que podría llamar amor, pues con infinita ternura y paciencia artesana modela el ano de A como la vasija, ahora de barro fresco. Estira la piel en todas direcciones, ensanchando sus posibilidades, haciendo la boca más grande, como si teniendo los labios pintados quisiera quitar esa pintura. Y aunque la presión es cierta, no llego a introducir el dedo, solo relajo la violenta llave del centro de su cuerpo al son del swing de la baba que cae y desemboca.

¿Qué dice A de todo ésto?, ¿qué opina?

No lo sé; simplemente repite su nombre con la reverberación natural de quien se entrega temiendo, en un proceso al que, por mi parte, llamo conciencia.

Me siento enfermo, extrañamente enfermo, desvaído y empalmado -de nuevo los contrarios-. No quiero masturbarme ahora, podría perder la inspiración.