A la memoria de Aníbal Núñez
Amigo:
los avatares
donde latían y gemían las palabras, el
fulgor y, quizá, el goce
la luz insistente
manuscrita, la ilusión marítima y
el regusto morboso del posible naufragio
en la metrópoli fatua
las páginas
interminables, e intermitentes,
de playas y botellas en los vitrales
donde se pudre la luz favorable en los
atardeceres
desde que allí se escribieran
dios no permita
el traspapel del mensaje sobre el cadáver;
el precipitado de la tinta
que al ojo suspende a pique frente al mar
de Salamanca, lejano,
son apuntes de rápidas costas, lector, que
parecen haber sido consumo de
ciento veinte años.
Deslavazando el prólogo de Estampas de Ultramar, de Aníbal Núñez.