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Teatro de la voz

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TEATRO DE LA VOZ

y al hablar se escucha,
y le sorprende esa voz nueva, y
el peso muerto de unas palabras
que le miran desde la sombra,
que aparecen en la superficie
como el vapor del pantano,
y él es el cadáver
reflotando su angustia

un teatro en el diván
sin aplausos,
en la pandemia de la soledad
contra la soledad,
y la voz que galopa como caballo
que huye del hierro
y le pisotea el pecho al hablar,
–le asusta esa voz–
un cuchillo que
raja las butacas del patio y
la fina piel del pecho,
dejando al descubierto
relleno, muelles y olor
de un cuerpo abierto a la continuidad

y el eco se pierde en el telón de piel
en una dualidad sin fin,
como la cara y la máscara, o
la mierda y el alimento,
un tejido contradictorio, atópico,
donde el sonido de las palabras
siempre está incierto, en majestad,
una existencia innegable
en la loca embriaguez
de un teatro infantil

duele pensarlo, y toco
el núcleo de oro de su átomo,
que igual me da la vida
que me abrasa los dedos,
¡recuérdame!, me dice,
cuando ilumina mi cuerpo confuso

oh voz, que escapas
de mis manos y mi látigo,
dime qué soy,
no quién, eso no me importa,
cuál es mi nombre en un mundo de objetos,
qué eres tú de mis pensamientos,
y adónde vas cuando no te oigo

se apaga la luz de tu sonido,
amortiguado en el telón rojo,
lejana y desconocida voz, hermana,
que me escupes a la cara la miseria de mi ser
y la alegría de serlo,
tu saliva no tiene sexo ni nombre,
hermana espejo,
dime algo ahora, dímelo y vete,
aunque sea ¡anda y muérete!
pero dime

¿qué debo recordar!