Texto para Elle me dit

 

Porque en el principio fue la mujer y la mujer bailaba. Y con las piernas y los brazos me díjo lo que hasta ahora no había escuchado o, tal vez, olvidé.

Lejos del universo frío de la reflexión, empujado por sus manos, sentí el aire batido por las alas de las palabras, en la oscuridad de su boca. Así colgado y atado, perdí la conciencia, terrible, del tiempo.

Cuando la mujer ya no estuvo, yo, desasosegado, quíse hablarle palabras que, comprendía, ella ya habría escuchado, palabras que se amontonan, por tanto.

Y fue así como, sin razón aparente -hay un cuerpo enorme debajo de la apariencia- grabé, alado, Elle me dit (esa noche), entiendo que como expresión de las palabras frustradas que no quíse repetir.

Porque del defecto hago una virtud, del error una puerta abierta, porque no quería ser entendido aunque serlo sea mi mayor deseo, destruí la literalidad del poema elegido hace un año, su piel: mi voz oscura y la lengua desconocida. Mas díje el susurro, ese sí, literalmente, junto al lóbulo.

Queda, pues, el sonido de la comunicación cercana entre dos seres humanos, no sus palabras, un resto, un aire, un hallazgo arqueológico -"aquí hablaron..."-, el eco de un valle eterno recorrido en toda su longitud, con la misma languidez del pie desnudo.

El tiempo ha desecho el lenguaje común de las palabras, como antes las piedras, y lo que resta es la materia preciosa que habla claramente sin decir nada, sin diccionario. Su abstracción es vida.

Y con esa materia y mis oídos cree Elle me dit (sin palabras), como quien no teniendo casa, utiliza ruinas para levantar la suya. Sí, porque Elle me dit (sin palabras) esta llena de manos, de elecciones, de errores imposibles de corregir, fruto de cerrar los ojos mientras se cae. Anudada a sí misma para no acabar o, al menos, alargar mi voz.

Escuchar el sonido es como tocar la piel a ciegas; como mirar una pared acribillada con los oídos tapados o un oleaje lejano abrazado.

Las manos de mis oídos tienen la palabra.